Carlos Manzo, el símbolo roto

Redacción
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Yo, ciudadano

/GUSTAVO MARTÍNEZ CASTELLANOS

La muerte del alcalde de Uruapan señala el fin de lo que pudo haber sido un movimiento, uno un tanto atípico debido a que estas manifestaciones de rechazo al status quo suelen nacer, crecer y detonar con una base popular, no desde un escaño de poder, es decir, una alcaldía.

Carlos Manzo y su postura pudieron haberse erigido en símbolo, es decir, en la representación abstracta de un sentir social que abarca desde el hartazgo debido a la violencia, hasta la exigencia de cambios sociales que empujarían cambios constitucionales y, si este símbolo llegaba a concretarse en movimiento, pudo haber realizado cambios políticos importantes de cara a las elecciones de 2027 en las que está contemplada también la revocación de mandato del presidente.

Ese símbolo de una praxis eficiente y eficaz comprobada en un discurso disonante con el discurso oficial y comprobada con la confrontación física y directa contra miembros del crimen organizado al armar a ciudadanos bajo el mando del primer edil, exigía dos réplicas, la del Estado con todo su apoyo y la de la sociedad con toda su energía.

Ese símbolo, sin embargo, debido a su potencia, padecía de la desconfianza de los grupos de poder, del Estado y de la sociedad misma.

Ningún grupo de poder apoyaría a un alcalde sin partido. El Estado, por su parte, advertía que ese símbolo le estaba arrebatando sus banderas propagandísticas: la seguridad, la certeza y el orden públicos, además de quitarle el reconocimiento social como un garante del bienestar. ¿Qué estaba dejando Manzo para que el Estado justificara su presencia? Nada.

La desconfianza social caía por su propio peso: cuando las masas se levantan detrás de un líder sobreviene el caos, porque el Estado en su discurso por mantener el orden excomulgaría a esas masas y termina por combatirlas hasta la aniquilación. ¿Quién quiere héroes muertos en su familia?

De esa forma, el símbolo que era la lucha casi en solitario que emprendió Manzo, estaba condenado al fracaso: nadie, nada, le iba a permitir crecer, prosperar y acceder a un triunfo para el que tampoco ese símbolo o movimiento estaba preparado: ¿qué iba a suceder después de ese triunfo obtenido sobre y contra el orden existente?

Los grupos, la sociedad y el Estado, lo dejaron solo.

El crimen organizado hizo el resto, y el símbolo se rompió.

No creo que haya analista político que le hubiera augurado un fin distinto a los siguientes: o se adhería a otros movimientos o a grupos de poder corruptos o terminaría siendo aplastado por las mismas exigencias sociales: queremos paz, pero que la guerra la peleen otros, no nuestros hijos.

Había otra salida: que el Estado lo apoyara con todo su poder, pero esa salida, de darse, pertenecería a un relato fantástico: el Estado ya tiene un líder ¿por qué seguiría a otro? Mas aún: ¿por qué empoderaría a otro?

La lucha de Carlos Manzo, así, se quedó sola. Ningún otro alcalde la replicó o la siguió siquiera. Ninguna sociedad de cualquiera otro municipio imitó a la parte de la sociedad que siguió y apoyó a Manzo.

Ningún partido político, ninguna sociedad empresarial o cultural, siquiera, lo secundó. Ni la Iglesia.

Y el Estado sólo se limitó a darle protección a modo: según el diseño del mismo Manzo.

Hoy, a siete días de la muerte de este inédito alcalde, vemos su arrojo, su valor, su verticalidad y su fe como un objeto extraído de un libro de historia o como una pieza resguardada en un museo: un pedazo de algo más grande que fue pero que finalmente no pudo concretarse.

Y es una pena porque entonces hay que reconocer que la lucha de Carlos Manzo no era sólo un símbolo sino un doloroso y potente síntoma de la paulatina e indestructible descomposición que está desintegrando a nuestro país.

Él, Carlos Manzo, queda hoy como un ejemplo, como un antecedente, pero, sobre todo, como un símbolo distinto, como otro símbolo sobre el que ya era, como el símbolo de una visión del mundo en la que ser hombre significa también contemplar el sacrificio como una salida a situaciones adversas en las que la familia y la sociedad de la que somos parte enfrentan peligros cuya magnitud amenaza la existencia de todo lo que amamos.

Nos leemos en la crónica.

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