/MISAEL HABANA DE LOS SANTOS
Acapulko
Tropikal
En la política mexicana hay una vieja escuela: la del que
niega mientras avanza. La del que dice “yo no quiero”, pero ya está sentado en
la antesala del poder. Y en Guerrero, esa escuela tiene voz, tono y estilo
propio.
Félix Salgado Macedonio lo volvió a hacer. Dice que no. Que
él no ha dicho que quiere ser gobernador. Que su mística es otra, que no anda
“diciendo qué quiere ser”. Que a él lo pone el pueblo, que lo decide una
encuesta, que así llegó y así seguirá.
La vieja narrativa del elegido. Porque Félix no se asume
aspirante: se asume consecuencia. No busca el poder, según él; el poder lo
busca a él. No compite, es “designado” por la voluntad popular medida en
encuestas. Democracia demoscópica, le llaman algunos; destino político, le
llama él.
Pero en ese discurso de modestia hay más filo que inocencia.
Porque también dice que es enemigo de la reelección… y está
en un cargo que la permite. Que está contra el nepotismo… pero defiende —con
orgullo de padre— que su hija gobierne Guerrero. Y ahí, en esa línea delgada
entre la ley y la sangre, se instala la contradicción.
Félix define el nepotismo como lo marca el Código Penal: el
gobernante que coloca a sus familiares en cargos administrativos. Técnicamente
correcto. Políticamente insuficiente.
Porque el poder, en Guerrero, no siempre se hereda con
nombramientos. A veces se transfiere con influencia, con estructura, con
apellido. Y eso también pesa.
Luego viene la Constitución: artículo 39, la soberanía reside
en el pueblo; artículo 35, el derecho a votar y ser votado. Félix recita la ley
como quien se arropa. Y recuerda —con precisión quirúrgica— que la reforma
contra el nepotismo y la reelección aplicará hasta 2030. Es decir: hay tiempo.
Aunque dentro de Morena algunos digan que se aplicará desde
2027, él responde con una frase que lo retrata entero: “yo, por mí, que entre
en vigor al otro día”. Traducción: no es su problema… todavía.
Mientras tanto, se declara leal. Fiel a Claudia Sheinbaum.
Fiel a Morena. “Yo soy de Morena”, repite, como quien se ancla ante el
vendaval.
Y advierte, sin decirlo, que ya lo están tentando: que si en
Morena no, que se vaya a otro partido. Pero no. Él no se mueve. Él espera. Él
confía en la encuesta, en el pueblo, en la estructura.
Aunque reconoce —y ahí está la clave— que tiene un
impedimento: un estatuto interno que podría cerrarle la puerta, porque su hija
es la actual gobernadora.El obstáculo no es menor. Pero tampoco definitivo.
Porque en la política mexicana los estatutos se interpretan,
se doblan o se posponen. Y en Guerrero, la historia reciente ha demostrado que
la línea entre lo legal y lo posible es, muchas veces, negociable.
Así que Félix no quiere… pero tampoco se va. No se destapa…
pero tampoco se tapa. No se apunta… pero ya está en la conversación.
Y mientras tanto, Acapulco —y Guerrero entero— siguen siendo
ese tablero donde el poder no solo se disputa: se hereda, se negocia y se
justifica.
Aquí no gana el que quiere. Gana el que dice que no quiere…
pero nunca se va.
O dicho en versión más tropical: Félix cantinflea. Dice que
no, pero dice que sí; se niega, pero se asoma; se baja… pero no se baja. Ironía
pura, estilo felixista: calentano hasta el tuétano.
Acapulco, a 30 de marzo de 2026.


