/Misael Habana de los Santos
En algún momento, el periodismo en Guerrero fue un oficio de
suela gastada y libreta húmeda de sudor.
Había reporteros que caminaban colonias inundadas, que
entraban a las morgues con el olor de la pólvora todavía pegado en la camisa,
que se sentaban a escuchar a las víctimas, aunque no hubiera likes,
patrocinadores ni campañas oficiales de por medio.
Hoy, en cambio, algo se pudrió en una parte del ecosistema
digital de Acapulco.
Y no se pudrió solo por la llegada de las redes sociales. Se pudrió porque el
dinero público encontró nuevos mercenarios. Más baratos. Más cobardes. Y más
útiles.
Ryszard Kapuściński decía que “las malas personas no pueden
ser buenos periodistas”. Y quizá nunca una frase había retratado tan bien lo
que ocurre actualmente en Guerrero, donde desde el anonimato de páginas
fantasmas, perfiles sin rostro y portales improvisados, se ha desatado una
guerra sucia permanente contra periodistas críticos, opositores políticos o
simplemente contra cualquiera que incomode al poder.
Ya no se necesita una sala de redacción. Ni ética. Ni
reportería.
Ni siquiera salir a la calle.
Basta un teléfono, una página anónima, un convenio discreto
de publicidad oficial y una dosis industrial de odio.
Lo más grave no es solamente la mentira. La mentira siempre
ha existido en política. Lo verdaderamente peligroso es la degradación moral
del oficio.
Porque Kapuściński entendía al periodista como un ser humano
capaz de escuchar el dolor ajeno. Lo concebía como testigo de su tiempo, no
como sicario emocional al servicio de un presupuesto gubernamental.
Pero en esta nueva fauna digital de Guerrero apareció otra
especie: el “seudo periodista”. Un personaje que no investiga, no verifica y no
pregunta. Solo recibe línea, factura y dispara.
Son perfiles que hablan de moral desde cuentas falsas. Que
acusan sin pruebas. Que destruyen reputaciones como quien arroja basura al
canal pluvial después de la lluvia.
Y lo hacen, además, con recursos públicos.
Dinero que debería servir para alumbrado, drenaje, seguridad
o reconstrucción después de los huracanes… termina financiando ejércitos de
difamación digital.
El fenómeno no es exclusivo de un partido. Sería ingenuo
decirlo.
Pero en Acapulco el asunto ya alcanzó niveles grotescos: periodistas atacando
periodistas, medios convertidos en trincheras de odio, campañas negras
disfrazadas de información y operadores políticos jugando a ser comunicadores.
Todo bajo la sombra cobarde del anonimato. Porque el
anonimato digital también reveló algo brutal: hay quienes jamás quisieron hacer
periodismo. Solo querían cercanía con el poder.
Kapuscinski viajaba a las guerras para entender el
sufrimiento humano.
Los nuevos operadores digitales van a Facebook para fabricar enemigos.
Ahí está la diferencia moral. El reportero verdadero se expone
Firma. Da la cara. Pregunta.
Investiga. Y muchas veces paga costos personales por hacerlo.
El mercenario digital, en cambio, se esconde. Opera desde
perfiles sin fotografía. Desde páginas administradas quién sabe desde dónde.
Desde el miedo y la conveniencia.
Y quizá el daño más profundo no sea político, sino social: la
destrucción de la confianza pública.
Porque cuando la ciudadanía ya no distingue entre información
y propaganda, entre periodista y operador, entre crítica legítima y guerra
sucia pagada, entonces todos perdemos.
La conversación pública se convierte en un lodazal.
En Guerrero —tierra marcada históricamente por la violencia,
la represión y el silencio— el periodismo debería ser un contrapeso
democrático, no un instrumento de linchamiento digital financiado desde
oficinas climatizadas.
Por eso Kapuściński sigue siendo incómodo incluso muerto.
Porque nos recuerda que el periodismo no se mide por el número de seguidores,
ni por los convenios, ni por la ferocidad del ataque.
Se mide por la humanidad.
Y cuando un comunicador pierde la humanidad, deja de ser
periodista para convertirse simplemente en otra pieza del aparato.
Acapulco, a 8 de mayo de 2026.

