/MISAEL HABANA DE LOS SANTOS
Ayer abrí El País —ese espejo madrileño donde a veces México
se mira con más nitidez que en sus propios diarios— y me topé con la noticia
que retrata el ocaso de una fuerza política que un día creyó ser eterna: el
Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue expulsado de la Internacional
Socialista (IS). No suspendido, no puesto en pausa: expulsado. Borrado del
álbum familiar de la socialdemocracia mundial.
Vale recordar qué es la Internacional Socialista, esa
cofradía de partidos que, tras el incendio de la Segunda Guerra Mundial, la
Guerra Fría, el mundo bipolar, las sacudidas de la Revolución Cubana, las
luchas por la descolonización en África y el Caribe, decidió articular un
proyecto común bajo la brújula de la socialdemocracia alemana buscando una
tercera vía.
Ahí cabían desde las sombras luminosas de Rosa Luxemburgo
hasta los titanes del siglo XX como Willy Brandt o Mário Soares. Hoy la
encabeza Pedro Sánchez, primer ministro español y figura central del Consejo
celebrado en Malta, donde se firmó la sentencia contra el priismo.
México no entró por la puerta grande. Fue hasta el año 2001,
bajo la dirigencia de Dulce María Sauri, que el PRI dejó de ser invitado de
piedra y obtuvo membresía plena, cuando el partido lamía las heridas de la
derrota presidencial del 2000. Sauri lo dijo sin rodeos: “Da lo mismo si es
pausa, expulsión o suspensión. Las acusaciones a Pedro Sánchez y al PSOE, que
tan generoso fue con el PRI derrotado de 2000, me parecen atroces.”
Pero hoy, esa ventana internacional se cierra de golpe.
¿Motivos? No hicieron falta grandes investigaciones. Las
acciones de Alejandro Moreno, “Alito”, fueron suficientes. Ese dirigente que
confunde la política con un ring, que en agosto se trenzó a golpes con Gerardo
Fernández Noroña en pleno Senado, exhibiendo al tricolor como pandilla y no
como partido. Ese mismo líder que hace apenas semanas gritó desde el púlpito
legislativo: “Este es un gobierno de mierda”, en referencia a la administración
de Claudia Sheinbaum. Ya no era crítica: era estridencia, era odio, era la
máscara rota de un priismo sin proyecto.
La Internacional Socialista tomó nota. Y votó.
Expulsado.
El dinosaurio, ahora sí, despertó y descubrió que afuera hace frío.
La caída no sorprende. El PRI pasó de ser arquitecto del
Estado posrevolucionario a convertirse en un fósil maltratado por sus propias
grietas: sin valores reconocibles, sin credibilidad, sin liderazgo moral. Un
partido que en las últimas elecciones se ha hundido hasta el quinto lugar,
abandonado incluso por quienes un día cargaban su bandera como dogma.
La IS también miró hacia el sur. Recordó que ahí convivieron
los viejos partidos de izquierda latinoamericana, entre ellos el PSUM,
herederos de una tradición democrática y progresista que el priismo jamás supo
—ni quiso— comprender. Lo suyo era otra cosa: la simulación perfecta.
Por eso duele, sí, pero no sorprende: el PRI ya no pertenece
al mundo que alguna vez lo aceptó para ayudarle a transitar hacia la modernidad
democrática. Hoy la Internacional Socialista le cierra la puerta porque el
partido renegó de cualquier ética reconocible.
Y lo más trágico para ellos: ni Willy Brandt resucitaría para
defenderlos.
La expulsión no es un trámite internacional; es un
diagnóstico.
Un certificado de enfermedad terminal. Un mensaje que viaja
desde Malta cruza el Atlántico y aterriza en México: el viejo partido quedó
solo.
Solo frente al espejo, solo frente a sus errores, solo frente
a la furia de un dirigente que confundió la ruina con estrategia.
El PRI, ese que se proclamó institución, estuvo un día
sentado a la mesa de la socialdemocracia internacional. Hoy come en la
banqueta.

