Lo publicado recientemente en una columna firmada por un
personaje ampliamente conocido por su tránsito oportunista entre regímenes
políticos no es periodismo: es difamación.
La pieza no responde a los hechos. No desmiente la denuncia
pública realizada por trabajadores de Radio y Televisión de Guerrero. No aporta
documentos. No presenta pruebas. No confronta datos. En lugar de ello, recurre
al expediente más viejo del autoritarismo: el ataque personal como mecanismo
para inhibir la crítica.
El contexto es claro:
Un portal informativo (Al Tanto Guerrero) publicó una nota
sobre inconformidades expresadas por trabajadores de RTG respecto a presuntas
anomalías administrativas. La reacción no fue una aclaración institucional ni
la presentación de información verificable. Fue una andanada de insultos,
insinuaciones de delitos sin sustento y una narrativa construida para
desacreditar al periodista y, con ello, desalentar futuras investigaciones.
Eso no es debate público. Eso es un intento de intimidación
por parte de quien se asume como defensor de la “armonización” de RTG. El
autor, enemigo declarado de la izquierda o de cualquier pensamiento
progresista, ocupa un espacio inmerecido en un medio público que debería estar
orientado a otros objetivos.
Quien acusa debe probar.
Y quien lanza imputaciones penales, protegido desde un
espacio público asume responsabilidades legales.
Se han vertido señalamientos graves: fraude, desvío de
recursos, extorsión, enriquecimiento ilícito. Ninguno está acompañado de
resoluciones judiciales, sentencias firmes o documentos verificables. Si
existen pruebas, que se presenten ante la autoridad competente. Si no existen,
estamos ante un caso clásico de calumnia.
La libertad de expresión no es licencia para difamar.
La crítica es legítima.
La injuria dolosa no.
Intentar desviar la atención de una denuncia laboral atacando
al mensajero confirma la debilidad de quienes prefieren la descalificación
antes que la transparencia.
El ejercicio periodístico no se somete a chantajes ni a
campañas de linchamiento mediático.
No se negocia bajo presión.
No se repliega ante el insulto.
Quien escribió esa columna tendrá dos caminos:
1. Retractarse públicamente y presentar pruebas verificables
de cada una de sus acusaciones.
2. O sostener sus dichos ante los tribunales.
Porque cuando la palabra se usa como arma para destruir
reputaciones sin sustento, deja de ser opinión y se convierte en
responsabilidad jurídica.
La denuncia sobre Radio y Televisión de Guerrero seguirá su
curso informativo.
La exigencia de transparencia no se cancela con adjetivos.
Y la libertad de expresión no se defiende callando.
El periodismo no es cinismo.
El periodismo es documentar, contrastar y publicar.
Lo demás es propaganda.
Lo demás es simulación.
Lo demás es miedo a que la verdad circule.
Y la verdad —aunque incomode— siempre encuentra camino.
Acapulco, a 24 de febrero de 2026

