/ETHEL
KRAUZE
-¡No es justo! ¡No es justo! –entró Martín dando un portazo, botó la mochila
al suelo y, no conforme, todavía la pateó hasta dejarla despanzurrada. Vale
aclarar que ya estaba casi despanzurrada, pues Martín era uno de los niños más
berrinchudos de este planeta. Pero el día al que nos referimos, justo ese día,
estaba realmente enojado. Sentía un navajazo en pleno pecho, y aunque se había
buscado la herida durante todo el trayecto de la escuela a la casa, no había
encontrado más que su piel, surcada de gusanitos de mugre verde, ciertamente,
pero ningún chorro de sangre le manaba del corazón.
¿Dónde estaba
escondida esa comezón como ardiente?, se preguntaba Martín. Si te caes de la
escalera, se te abre la rodilla, gritas, hay que lavarte, ponerte alcohol y
vendas, esperar a que se haga costra y, en fin, la misma rutina estúpida y
aburrida. ¡Ahora no sabía en qué momento se había “caído”, si es que eso era lo
que le había pasado, pues no estaba seguro de cuál había sido el “accidente”!
No veía qué lugar del cuerpo se le había abierto, ni siquiera un triste
moretón. Menos, aun, sabía cómo curarse ese dolor. Porque, de que era dolor lo
que sentía, estaba segurísimo. Los pensamientos se le enredaban en la garganta,
copiando el laberinto de la ciudad, y suspiraba igualito que el camión de la
escuela, cada vez que se atoraba en un nuevo embotellamiento.
-¡Lávate las manos,
Martín! ¡Bien enjabonadas, y no arrojes la toalla al suelo, que ya no eres un
bebé! –exclamó la madre desde la cocina, cuando escuchó el portazo.
-¡No es justo!
–volvió a gritar Martín. El abuelo estaba tratando, por enésima vez, de
encender la televisión con el control remoto, pues quería ver el noticiero,
pero Martín había bloqueado todos lo canales, como siempre, menos el de las
caricaturas horripilantes que le tenía prohibido su hermana mayor.
-No grites, hijo,
que me distraigo –balbuceó el abuelo.
-¡Dije que no era
justo! –insistió Martín cruzando los brazos en medio de la sala, y golpeando el
suelo con el pie. Ocupaba el centro del espacio familiar.
-¡Quítate, quítate!
–le espetó la abuela que venía cargada con el platón de los frijoles,
quemándose las manos mientras se abría paso hacia el comedor.
-¿Te restregaste
las manos, bien fuerte, Martincito? ¿Quieres quesadilla de flor o de queso,
papito, o de las dos? –seguía la mamá hablándole desde la cocina.
-Dice que no va a
comer hoy –sonrió con toda la mala leche del mundo, Adelina, que estaba
navegando en la computadora en lo que ella llamaba su estudio: un rinconcito de
la sala habilitado con escritorio, silla y librero. Parecía indiferente a la
escena, hasta que encontró el momento adecuado para encender al hermanito.
-¡Mira a Adelina,
mamá! ¡Mira lo que me está haciendo! ¡Mírala, mírala, mírala! –era lo que
Martín necesitaba: estallar. Así que por fin soltó el sollozo y tapándose la
cara con las manos corrió a encerrarse a su cuarto.
-No griten,
muchachos –murmuró el abuelo, aferrado al control de la televisión.
-¡Qué pasó! –salió
la mamá de la cocina, secándose las manos con el trapo.
-Ay hija, si no se
sientan, se va a enfriar todo, y ni creas que yo me voy a levantar a
calentarlo, ni creas –dijo la abuela y se sentó a la mesa, con la boca hecha
agua por un taquito de frijoles muy caldosos.
Martín estaba
seguro de que tenía razón. Argumentó con todo el poder de sus certezas, con la
pasión de sus convicciones, con la lógica de su propia experiencia,
desenrollando perfectamente las palabras como se desenrollan los papelitos
salvadores que se llevan escondidos en las mangas del suéter a la hora de los
exámenes. Pero las niñas, todas, como pájaros locos, brincaban y reían a
gritos, señalándolo con el dedo. La maestra sonreía, permitiéndoles el
arrebato. Los demás niños callaban, incrédulos, pestañeando muchísimo.
No había “Día del
hombre”. Nunca había existido un día especial para los hombres. Sólo a ellas
les era dado festejarse y ser festejadas, felicitadas, reconocidas. Y, lo peor
de todo, es que, a las mujeres, empezando por la maestra, les parecía lo más
justo del mundo.
¿Por qué es así la
vida? ¿Por qué Martín no podía tener su propio día, un solo día, para él? ¿Por
qué su papá y su abuelo se quedaban tan tranquilos, mientras las mujeres daban
las órdenes en la mesa?
La abuela le
arrebató el control al abuelo y lo mandó a sentarse. El papá dejó el periódico,
obedeciendo a mamá. Mamá volvió a llamar a Martín ya con impaciencia. Y
Adelina, como si le clavara un puñal en la garganta, alzó la vista de su
computadora para exclamar con su taimada vocecita:
-Martín no puede
ahorita, mamá, está chillando porque es el Día Internacional de la Mujer.
Pobrecito, espérate a que se limpie los mocos.


