Por José de la Paz Pérez
En los días que corren es muy común que en Acapulco el agua llegue
más racionada a nuestras llaves con relación al resto del año, o sucede que en
definitiva se ausente; también ha sido común a lo largo de los años que
culpemos a las autoridades de que privilegian la zona turística, o bien que no cumplen
su obligación de garantizar el abasto durante todo el año para todos.
¿Quién se llevó nuestra agua?, podría ser la pregunta que
nos hemos hecho cuando evocamos los tiempos en que al abrir nuestra llave
–todos los días, sin falta- el líquido salía con tal fuerza que incluso
frecuentemente rompía mangueras y no nos quedaba otra que reparar una y otra
vez sus fugas.
¿Quién se llevó nuestra agua?, podría también parafrasearse
así el título del libro ¿Quién se llevó
mi queso? (Who Moved My Cheese?), publicado por el estadunidense Spencer
Johnson en 1998, en donde narra la historia de dos ratones y dos
"liliputienses" (seres del mismo tamaño que los roedores pero con
aspecto e inteligencia similar a los humanos), quienes comparten la aventura de
buscar queso para su sobrevivencia y felicidad.
En una ocasión encontraron un depósito de buen queso y se dispusieron
a radicar cerca de ese lugar que se convirtió en su zona de confort. Tenían a
la mano lo que querían y eso era lo único que importaba. Los más cómodos con
esta situación eran los "liliputienses", quienes llegaron a creer que
ese queso era de su propiedad y que les habría de durar para siempre.
Los ratones, que no eran inteligentes pero sí muy
instintivos, se dieron cuenta que la cantidad de queso disminuía cada día y no
en la proporción en que lo consumían los cuatro personajes.
Un día llegaron al depósito y lo encontraron vacío. “¿Quién
se llevó mi queso?”, estalló en cólera uno de los "liliputienses"
mientras trataba de buscar culpables a la nueva situación que no esperaba; en
cambio, los ratones, que habían detectado lo que pasaba y que se habían
preparado para este día, salieron de su zona de confort para buscar nuevo
queso.
La historia trata de mostrar al lector cómo detectar,
afrontar, adaptarse y tomar acción frente a los cambios que constantemente se
están dando en nuestra vida privada y profesional.
En Acapulco, y en otras partes más del país y del mundo,
muchos ya se han preguntado en el pasado, se preguntan en el presente, y se
preguntarán en un futuro muy cercano: “¿quién se llevó nuestra agua?”
Y como en la historia anterior, no hemos sido capaces de
detectar que ésta se ha ido acabando por muchas razones, una de ellas porque
nos gusta estar en nuestra zona de confort, es decir, abrir la llave y usarla y
desperdiciarla porque “al fin que yo la
pago”; tampoco hemos afrontado la nueva realidad, mucho menos nos hemos
adaptado y tomado acción para revertir lo que parece inevitable: el agua se va
a acabar al igual que el queso de los ratones y los "liliputienses".
Y como los diminutos personajes que se parecen en mucho a
los humanos, nos erigimos contra las autoridades a quienes les exigimos
“nuestra agua”, cuando es bien sabido que lo que pagamos en nuestros recibos
–quienes lo hacemos- es sólo una mínima parte de lo que realmente cuesta
llevarla hasta nuestros domicilios.
Las corruptelas o no, en que han incurrido quienes manejaron
los organismos operadores del agua es punto y aparte, y no es que se tenga que
olvidar, pero eso es algo que tiene que ver más con cuestiones legales que con
el tema de la escases que existe… y la que viene.
Como en el caso de la disminución de queso en las bodegas,
algo está pasando con el agua y no nos estamos preparando para el cambio ni
tomamos acciones serias para afrontarlo.
Las autoridades no hacen campañas de concientización con
cifras reales sobre lo que ocurre en el mundo y en nuestro entorno cercano; no
sancionan a quienes desperdician el vital. Los empresarios tienen ojos para sus
oficinas de ventas o finanzas, pero no para cuidar este producto que usa y
necesita a diario; los usuarios en casa creemos que es algo que nos merecemos,
pero que no cuidamos porque creemos que se da por generación espontánea.
Desde hace muchos años ha venido ocurriendo este fenómeno en
el mundo y alcanzado a nuestras localidades, pero, ¿por qué no nos hemos
percatado o no nos hemos querido percatar de la gravedad del asunto?
Expertos hablan de los cambios en política o en
mercadotecnia o en comunicaciones, y a ellos todo mundo pone atención; pero
nadie escucha el grito de la tierra en que vivimos, nuestro único hogar, que
cada día se seca –por las razones que ordenen y manden- y cuyas consecuencias finalmente
las vamos a vivir todos.
Aclaro: las consecuencias las estamos viviendo todos, pero
en lugar de accionar sólo alcanzamos a reclamar: “¿Quién se llevó nuestra
agua?”. Y no, no estamos preparados para el cambio.

