/ MISAEL HABANA DE LOS SANTOS
Se está levantando mucho polvo —o, como decimos por acá, se
le están buscando chichis a las culebras— con el tema del alcoholímetro. Y hay
que decirlo sin rodeos: el alcoholímetro en Acapulco no solo es necesario, es
urgente. No podemos seguir expuestos a que personas en estado inconveniente
conduzcan vehículos por la Costera Miguel Alemán y, sobre todo, por la
peligrosísima avenida Escénica, convertida en pista de tragedias nocturnas.
En la Escénica hemos visto accidentes dramáticos, fatales,
evitables, muchos de ellos provocados por conductores alcoholizados. No es una
percepción: es una realidad cotidiana. Lo grave es que, mientras esto ocurre,
ciertos organismos empresariales —la CANACO, para decirlo con todas sus letras—
se oponen a la medida con argumentos que no resisten el menor análisis social.
¿Quién es la Canaco? El organismo que agrupa a tiendas,
bares, cantinas, restaurantes, bistrós o como ahora quieran llamarlos. Su
negocio es vender alcohol, y su postura frente al alcoholímetro no es técnica
ni ciudadana: es profundamente interesada. Defienden sus ingresos, no la vida
de la gente.
Porque conviene aclararlo: el alcoholímetro no prohíbe beber.
Nadie está diciendo que en los restaurantes no se venda alcohol. Nadie está
clausurando bares. Usted puede tomarse todas las cervezas, copas o tragos que
quiera. Lo único que se regula es que un conductor ebrio no maneje. Punto. Que
use un conductor designado, un taxi, una plataforma, como sucede desde hace
años en la Ciudad de México y en muchas ciudades del mundo civilizado.
Y no, eso no afecta sus ganancias. Lo que sí afecta —y de
manera brutal— es permitir que personas alcoholizadas sigan conduciendo como si
nada, exponiendo a familias enteras, peatones, motociclistas y a la sociedad en
su conjunto. En Acapulco esto pasa con frecuencia: conductores irresponsables,
muchas veces sin seguro y sin recursos, dejan víctimas, heridos y muertos, y
luego desaparecen del radar.
A nivel nacional, los datos son contundentes: entre 20 y 30
por ciento de las muertes por hechos de tránsito en México están relacionadas
con el consumo de alcohol. Cada año, miles de personas pierden la vida y
decenas de miles quedan lesionadas. Los más afectados son jóvenes y adultos de
entre 20 y 39 años. El alcohol reduce reflejos, percepción y capacidad de
reacción, y multiplica hasta por siete el riesgo de sufrir un accidente, sobre
todo de noche y los fines de semana.
En Guerrero, para colmo, ni siquiera contamos con
estadísticas oficiales recientes, completas y desglosadas sobre accidentes
provocados por conductores alcoholizados. El INEGI y las autoridades de salud
no publican cifras claras por estado. Es decir, ni siquiera sabemos con
precisión cuántas tragedias estamos normalizando.
Por eso este debate es tramposo. No es un debate ciudadano:
es la reacción de sectores económicos que no quieren controles sobre cómo se
bebe y cómo se conduce. Y ya está bien de que las decisiones públicas se tomen
para favorecer a grupos específicos.
¿Y cuántos son en la CANACO? ¿400, mil, dos mil? Acapulco
somos más de un millón de personas. Que se discuta, que se informe, que haya
debate público si quieren, incluso que se someta a votación. Pero no se puede
frenar una política de prevención porque a un grupo le incomoda.
Si de verdad queremos ordenar esta ciudad, hay que empezar
por aquí. El alcoholismo es un problema serio en Acapulco, y la conducción bajo
los efectos del alcohol es una amenaza permanente. Regularlo mediante el
alcoholímetro no es autoritarismo: es sentido común.
Hace unos días, en una feria navideña de una ciudad europea
me ofrecieron una copa. Preguntaron si venía acompañado. Dije que sí. Bebí
porque llevaba conductor. Así de simple. Esa es la lógica mínima de
responsabilidad que debería imperar también del otro lado de la barra. ¿Dónde
está el cantinero responsable? ¿El restaurantero responsable? ¿O aquí todo es
barra libre y que se joda el que venga circulando?
No es posible que una familia vaya tranquilamente con sus
hijos y que un conductor borracho se estrelle contra su vehículo y adiós.
Así que, señores de la CANACO, dejen de pensar exclusivamente
en sus intereses particulares, que son francamente egoístas. La vida, la
seguridad y la dignidad de la ciudad valen más que cualquier cuenta diaria. En
Acapulco, no se puede —ni se debe— conducir después de beber. Y punto.
Acapulco, 19 de enero de 2026

