Guerrero no necesita ser el ombligo del mundo; le basta con
dejar de ser visto, desde la Ciudad de México, como una simple provinciaCitlali Guerrero/
Cartagena de Indias; a 13 de julio de 2026.- Algunos piensan que las decisiones
del poder central o de las dirigencias nacionales de los partidos tienen mayor
peso político que el arraigo territorial y la influencia de los liderazgos
locales. Otros sostienen exactamente lo contrario. Al menos la historia
política de Guerrero ha demostrado, una y otra vez que, el arraigo territorial
ha terminado por imponerse al poder central.
Hace unos días, Esthela Damián Peralta, aspirante a coordinar
los trabajos de defensa de la cuarta transformación en morena, afirmó en una
entrevista radiofónica que los guerrerenses y los medios de comunicación
deberíamos dejar de ver a Guerrero "como el ombligo del
mundo". En esencia, sostuvo que el verdadero debate se encuentra en la
defensa de la soberanía nacional y en la disputa entre dos proyectos de país:
uno conservador y otro de izquierda. Desde esa perspectiva, pareciera que las
discusiones locales deberían pasar a un segundo plano frente a la agenda
nacional.
Sin embargo, esa visión merece una reflexión.
Lo global no puede entenderse sin lo local
Los estudios sobre gobernanza y desarrollo territorial
sostienen justamente lo contrario: lo global no puede entenderse sin lo local.
Es en los territorios donde se implementan las políticas públicas, donde cobran
vida los acuerdos nacionales e internacionales y donde se mide el éxito o el
fracaso de las decisiones del Estado. Pensar desde lo local no significa
desentenderse de la agenda nacional; significa reconocer que ningún proyecto de
nación puede consolidarse si desconoce las realidades de sus regiones.
El problema surge cuando el territorio deja de ser el punto
de partida de las decisiones públicas y el desarrollo económico o la lógica del
poder central comienzan a colocarse por encima de la identidad de los pueblos.
La experiencia latinoamericana demuestra que, en nombre de la modernización,
del progreso o de la integración nacional, con frecuencia se han impulsado
modelos que terminan debilitando las identidades locales, homogeneizando
expresiones culturales y desplazando formas propias de organización política y
social.
Pensar desde Guerrero no significa ignorar la agenda nacional
Pensar desde Guerrero no significa cerrarse al mundo ni
renunciar a la agenda nacional. Significa reconocer que el desarrollo solo es
sostenible cuando se construye sobre la identidad de los pueblos. La memoria
colectiva, las tradiciones, la diversidad cultural y el patrimonio son activos
estratégicos que fortalecen el tejido social. Minimizar la importancia del
territorio implica, también, minimizar aquello que otorga sentido de
pertenencia y cohesión a una comunidad.
Es muy arriesgado pedir a los guerrerenses y a los medios de
comunicación que dejen de pensar desde su realidad inmediata, porque es precisamente en esa
realidad donde se viven los problemas que durante décadas han marcado al
estado: la inseguridad, la presencia del crimen organizado, la pobreza, la
desigualdad, el rezago educativo, la violencia contra las mujeres, el machismo
y el aprovechamiento histórico de sus recursos naturales sin que esa riqueza se
traduzca plenamente en bienestar para su población.
La función de comunicar y la construcción del debate político
Los medios de comunicación, además, cumplen una función
esencial en la construcción del debate público: informar, contextualizar y dar
voz a las problemáticas de su entorno. Difícilmente un periodista puede narrar
Guerrero y sus municipios únicamente desde una visión nacional, porque su
responsabilidad es explicar lo que ocurre en el territorio que conoce y donde
suceden los hechos. Informar desde lo local no significa ignorar la agenda
nacional; significa comprender que la realidad del país se construye a partir
de la suma de sus regiones y que el periodismo adquiere sentido cuando
interpreta los acontecimientos desde el contexto en el que ocurren.
La historia de Guerrero y de Acapulco, es una historia de
resistencia frente al centralismo y al despojo, por lo que, resulta revelador
que, al referirse al estado, se utilice la expresión "lo que
nosotros, en la Ciudad de México, llamamos provincia". Esa
frase no es solamente una referencia geográfica; refleja una manera de concebir
a Guerrero desde una lógica donde el centro define las prioridades y las
regiones aparecen como espacios periféricos que deben adaptarse a ellas.
En el fondo, la discusión no consiste en decidir si Guerrero
debe mirar únicamente hacia sí mismo o exclusivamente hacia la agenda nacional.
El verdadero desafío es construir un equilibrio entre ambas dimensiones,
reconociendo que una nación fuerte también necesita territorios fuertes, con
identidad, liderazgo y capacidad para definir su propio rumbo. Pensar
desde Guerrero no significa darle la espalda a México; significa aportar a la
construcción del país desde la realidad de uno de sus estados.
Quizá por ello la postura de Esthela Damián resulta
comprensible. Su trayectoria política se ha desarrollado principalmente en la
Ciudad de México y buena parte de su capital político se encuentra vinculada a
los espacios nacionales de decisión. Es natural que observe a Guerrero desde
esa perspectiva. Sin embargo, la historia política del estado ha demostrado una
lógica distinta. Aquí, el arraigo territorial cuenta tanto o más que la
cercanía al poder central. En Guerrero, la legitimidad no se decreta
desde una oficina en la capital del país o pidiendo a los medios de comunicación
y a los guerrerenses que dejen de pensar y sentir desde Guerrero; se
construye recorriendo los municipios, entendiendo las regiones y compartiendo
la historia, la cultura y las causas de su gente.
